El síndrome de Mary Poppins


por EVA CORNUDELLA

ABOGADA Y MEDIADORA

El día 31 de octubre  estaba yo en la puerta de la Casa del Libro de Zaragoza  con María Frisa, escritora de aquella preciosa ciudad, esperando a que llegara Lucía. Podíamos haber hablado de cualquier cosa, alguna cuestión tópica tal como “de dónde eres”, “de qué conoces a Lucía”, o algún recurso dialéctico semejante para llenar el silencio de dos personas que acaban de conocerse. Pero como sabía que María es psicóloga acabamos por hablar sobre nuestra personal opinión sobre la psicología conductual cognitiva o el psicoanálisis.

Suena raro, sí, hay veces que las cosas vienen así por algo, y además  la noche aún había de ser más extraña.

El tema está en que María me afirmó de forma muy contundente que para ella el psicoanálisis era un placebo. No pude responder porque no suelo hacerlo cuando me faltan conocimientos para ello. Y ahí quedó la cosa.

Dos días después, ya en casa, me ocurrió lo que suele pasarnos muchas veces en estado de duermevela. Que comencé a dar vueltas a la cabeza a temas comentados, leídos, oídos en alguna parte para recurrir a lo que el psicoanálisis (placebo o no) llama “asociación libre”.

Pensaba yo que  si fuese psicóloga me costaría mucho recurrir a la terapia cognitiva pues por experiencia propia y ajena sé que no es suficiente con conocer lo que hacemos sino que hay que desactivar algo que está más allá de nuestro control. A modo de ejemplo, a mí no me serviría de nada dejar de fumar para pasar a comerme las uñas. Así que o ataco a la causa que me lleva a fumar o sé que iría de vicio en vicio como el juego de la oca.

Pero bueno, como repito muchas veces en el libro “Tu Corazón no está bien de la Cabeza”, no soy psicóloga y es posible que no sepa ni de lejos las ventajas de unos y otros sistemas terapéuticos.

La cuestión a la que iba es la siguiente; sin ser psicóloga hay algo innato en mí en el hecho de escuchar y empatizar con el otro. Al cabo de los años la experiencia propia y ajena, la vida, las lecturas, cursos y demás, me ha convertido en una especie de pseudo-consultora en la que manejo de manera intuitiva estrategias y conceptos que a veces veo luego plasmados en sistemas o teorías que llegan a mis manos.

Pero sucede que en esa actuación a modo de “pseudo- lo que sea”, una no tiene recursos suficientes para hacerse con la distancia o coraza que toda persona que trabaja con el pesar humano debe tener, de forma que se acaba acumulando un cierto sufrimiento y en ocasiones hay que salir zumbando del foco del problema con sentimientos encontrados entre la rabia, la impotencia y el afecto.

De esta forma, dando vueltas al placebo de María, acabé por pensar que psicóloga titulada o no, llega un punto en el que la capacidad para empatizar y vincularse con el otro en el ámbito del sufrimiento tiene su límite, por lo que una vez ayudas a uno, debes desaparecer volando para poder ayudar a otro. Eso resulta precisamente muy triste, pues es una pena no quedarse cuando los problemas son solucionados.

De ahí a pensar en el concepto de “salvador” o “salvadora” que aparece por el libro “Tu corazón no está bien de la cabeza”, hay un paso, y de ahí a visualizarme volando por los aires como Mary Poppins hay tan solo un suspiro.

En ese aluvión de pensamientos  que se sucedían sin tregua, cuelga Lucia un post en el que alude  al “Síndrome de Peter Pan” y yo airosa y contenta, como la que descubre las Américas pienso ¡¡¡“Síndrome de Mary Poppins”!!!

Me pareció una ocurrencia genial, estudiada, sentida, fruto de la asociación libre de ideas. Pero antes de ponerme a escribir este texto la prudencia, (buenísima consejera), me alertó de que habitualmente nuestras geniales ideas ya existen y casi no hay nada nuevo sobre la capa de la tierra, así que entré en google y cliqué el término.

Existe.

Alguien pensó en ello previamente.

Y si atendemos a la descripción del síndrome  se acerca mucho al concepto de lo que acabo de exponer: se predica de personas entusiastas que intentan o suelen ver el lado bueno de las cosas y que se vuelcan en ayudar a los demás para luego apartarse cuando aquellos ven solucionado su problema.

Igualito que Mary Poppins, que deja familias recompuestas y se va, sin que nadie le pide que se quede, y sin que nadie le pregunte a dónde va o qué va a ser de su vida.

Mary Poppins sonríe con cierta nostalgia y sale en búsqueda de otra persona a quien ayudar.

Mary Poppins parece no tener vida propia, ni familia, ni necesidades emocionales. Y no sabemos si en esa mirada de cierta tristeza hay un pesar más profundo del que intenta disimular con sus canciones.

Así que, cognitiva, psicoanalítica o no, resultó que ese concepto inferido en un momento de duermevela era real y no equivocado y sólo puede ser fruto de una supraconsciencia (placebo o no) o de la evidencia de lo humano, que está al alcance de todos.

El Síndrome de Mary Poppins existe.

Publicado por: Administrador Web
Fecha: Nov. 04, 2013 at 1:21pm



Henty Amenty
Nov. 05, 2013 at 11:40am
En análisis transaccional de Eric Berne se describe "juego del cartero solidario" cuya anécdota es el caso de un jefe de correos norteamericano que dedicó un año sus vacaciones a colaborar en la formación del servicio de correos de un país subdesarrollado, y descubrió para su sorpresa que volvió al trabajo con las pilas más cargadas que nunca.
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